sábado, 5 de noviembre de 2011

La Italia perdida

Perdió la vida Simoncelli en un mal momento. Su país, Italia, le necesitaba. A pesar de contar con tan sólo 24 años, el piloto de Coriano había conseguido exportar un italianismo basado en la sonrisa y la garra, la dulzura y el atrevimiento con hipérbole. El resto del mundo se alejó gracias a él de la imagen de pueblo soez y desvergonzado que la clase política italiana imprime a sus conciudadanos. Supersic era el futuro oxigenado de un país en decadencia en el que los constantes escándalos de su primer ministro marcan el compás.


Sorprendentemente, a Berlusconi le pilló trabajando el fallecimiento de Marco. Consensuaba con la oposición los obligados recortes que Europa exige a su gobierno. Días después, il premier presentó las medidas adoptadas ante el Consejo de Europa, momento que aprovechó para demostrar su rancio machismo al mirar con descaro el trasero de la primera dama danesa.


Il Cavalière perdió el poco crédito que le quedaba. A su regreso de Bruselas, no hubo un cálido recibimiento, ni una sola felicitación. Contrasta su llegada a Italia con la que tuvo el campeón de 250cc en 2008. Sus restos mortales fueron recibidos con honores de realeza. Marco, su padre, emocionado por las numerosas muestras de cariño, sólo pudo articular un sentido "gracias".


Se fue el niño díscolo y valiente, el futuro hecho presente. E Italia perdió parte de su aliento esperanzador. ¿Por qué?

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