jueves, 10 de noviembre de 2011

Carta abierta a los señores Rubalcaba y Rajoy

Mis en absoluto estimados Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy Brey,

Aunque soy consciente del pobre peso que estas líneas tendrán en sus conciencias y en sus corazones, he decidido redactarlas, a fin de, como decimos en mi tierra, quedarme a gusto. Les he visto disertar durante buena parte de esperadísimo debate que casi no tiene lugar por la poca democracia de la que hacen gala en cada ocasión. No puedo dejar a un lado que, como siempre, se han repartido ustedes el pastel, que no permiten la intromisión, no ya de formaciones regionales, sino de grupos como IU o UPyD, que mucho tendrían que aportar sobre lo allí comentado.
Durante cerca de dos horas sus palabras sonaron vacuas, estériles, se me atoraban en la garganta como ceniza. No percibí en ustedes la menor intención de cambiar, de reemplazar un sistema a todas luces moribundo. Ustedes representan un poder establecido que no pretende reconocer que su tiempo ya pasó, que la regeneración no sólo resulta necesaria, sino inevitable. Lo peor de todo, que con ustedes arrastraran a millones de personas, algunas de las cuales todavía les creen.
Les he oído hablar de sanidad, de educación, de pensiones, de empleo... ¿Qué van a aportar quienes no han de temer la carencia de estos? A ustedes les pagan los trajes y otros lujos, y pese a que sus manos no se manchen con la hendiondez de la corrupción, tendrán bien resguardados sus ocasos en grandes empresas, asesorando a magnates, dando conferencias o diseñando joyas.
Les contaré la historia de alguien que si ha de ver trastocada su vida por la falta de ellos, mi padre. Este hombre fue fiel durante cuatro décadas a una empresa afincada en la localidad de Alcalá de Guadaíra. Llegó el día, no hace mucho, cuando aún gobernaba Aznar, que la planta estuvo a un tris de cerrar. Mi padre junto a sus compañeros decidieron hacer productiva esa fábrica, trabajar de sol a sol. Transcurrieron semanas en las que se marchaba apenas despuntaba el alba y volvía a medianoche; sólo había comido un bocadillo. Pero tenían que hacerlo, se trataba del pan de sus familias, del porvenir de sus hijos. Poco después, uno de esos expedientes en los que ustedes introducen a quienes no han dado un golpe en una pelea, como decimos en el sur, prejubilaron a cuantos salían demasiado caros; por edad les correspondían demasiados trienios.
Años más tarde, el signo ha cambiado, gobierna Zapatero y por una crisis financiera le congela la pensión mileurista. ¿Ni siquiera merece una vejez digna?
Ése es el pasado, ahora hablemos del presente, de mí. Yo he seguido el camino de la emigración, como anteriores paisanos bajo el régimen de ese caudillo que los revisionistas llaman inteligente y autoritario, pero que yo considero un asesino. Supongo que sus adversarios no lo harían mejor, serían igual de dictadores; lo que sí puedo asegurar es que bajo su égida las personas vivían hacinadas y no tenían derecho más que a recoger las migajas de sus autoproclamados amos. Para mí no pido nada más que oportunidades; no merezco más ni menos que cualquier ser humano, a saber, lo que mi condición de persona debe proporcionarme. Trabajo, dignidad, felicidad. Ustedes no pueden dármelas, si bien en sus manos se hallan las condiciones para proveer a quienes se encuentran bajo su mandato.
En la memoria colectiva de españoles y extranjeros queda el episodio de Don Juan Carlos mandando a callar a Hugo Chávez. Sin que sirva de precendente, le imito, y les ruego que callen y hagan por el bien de nuestro país. En un alarde de ingenuidad les solicito que no busquen enrriquecerse, sino lo que, se supone, deden hacer, gestionar la felicidad de sus conciudadanos.
Atentamente, un español.

1 comentarios:

MerDomSal 10 de noviembre de 2011, 2:06  

Me has emocionado. Todo mi calor de Madrid a Buenos Aires, amigo.

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